domingo, 25 de septiembre de 2011

La ninfa enmascarada (David Aquino, 4to. Et. III)


En el templo de los dioses, se daba a luz a dos ninfas. Las ninfas eran hermosas doncellas que amaban cantar y bailar y descritas por ser hijas de Zeus. Se caracterizaban por su belleza y por ser convocadas a las reuniones de los dioses en el Olimpo.
Pero en el caso de estas ninfas recién nacidas, ocurrió algo sorprendente. Una de las hijas de la más bella ninfa de todo el reino de los dioses llamada Kathia, era una hermosa doncella como su característica las define, pero la otra hija llamada Lazaira, nació con una belleza inferior al de las demás ninfas del reino de los dioses. Esta belleza inferior se reflejaba ya que las ninfas se caracterizaban por ser bellas, pero esta fue una excepción. Este acontecimiento era algo extraño, ya que la madre de estas hijas, celestial, era la más hermosa de todo el reino de los dioses, con una belleza que sobresalía de todas las demás.
Cuando Zeus fue a reconocer a sus nuevas hijas, se sorprendió al ver a Lazaira, y le pidió una explicación a Celestial, pero ella no le supo contestar. Lazaira estaba en problemas, porque Zeus no quería ninfas sin la suficiente belleza. Por lo tanto Zeus decidió echar a Lazaira y la mandó con las ninfas de la arboleda, donde se encontraban las ninfas más feas.
Las ninfas más lindas se encontraban al lado del palacio de los dioses, estas ninfas eran denominadas las ninfas de las montañas, donde se encontraban Kathia y Celestial. También se encontraban las ninfas de los ríos, las ninfas de los arroyos, las ninfas de las cañadas y las ninfas de las grutas.                                           
 Cuando una ninfa nacía, se las determinaba a que grupo de ninfas les perteneciese, desde las más lindas en mayor número, las ninfas de las montañas, hasta las ninfas de la arboleda, en menor número. Salvo las ninfas de la arboleda, las demás, podían acceder al reino de los dioses, cada una dedicando a una especifica actividad, como bailar o cantar o satisfacer las necesidades de los dioses. Y las ninfas de las montañas eran las únicas que podían acceder al palacio de los dioses, donde eran invitadas a las reuniones que hacían los dioses para establecer las decisiones que tomarían sobre el reino de los mortales.
Cuando Lazaira llegó a las ninfas de la arboleda, las ninfas les preguntaron de donde provenía y quien era su madre. Al escuchar la respuesta, las ninfas marginadas se sorprendieron y se levantó una serie de comentarios entre ellas. Preguntándose, que, como pudo ser, si será verdad. Pero Lazaira herida de dolor por los comentarios, decidió ignorar los comentarios y dirigirse a la copa del árbol más alto.
Mientras tanto, en el palacio de los dioses, Kathia comenzó a preguntarse que será de la vida de su hermana. Entonces decidió ir a buscar una respuesta a su madre, Celestial. La madre le respondió que lo único que sabía era que Zeus la había mandado con las ninfas de la arboleda. Luego, ella, fue a buscar una respuesta con su padre, pero a la vez era imposible hablar con él, ya que no atendía a nadie ni siquiera a sus hijas y esposas, salvo si él lo deseaba. A pesar de que Kathia tenía todo lo que una ninfa de las montañas debía tener, como festines, banquetes, y todo lo que ellas deseaban, es decir tenían los mismos privilegios que los dioses, sentía un vacío en su interior. Entonces decidió ir en busca de su hermana a la tierra de las ninfas de la arboleda. Pero este viaje tenía una serie de obstáculos, ya que durante el trayecto podía haber arpías, y demás seres malignos que podían incluyo terminar con su vida. Por este motivo, le contó su deseo a su esposo, Davinios. Él decide acompañarla en su viaje con sus mejores amigos, que eran guerredios, guerreros del olimpo, defensores del palacio de los dioses. Cuando decidió encaminarse hacia su destino, la madre le preguntó a donde se dirigía, y ella le respondió que iría con Davinios a descansar, pero no sabía si regresaría. Celestial, lo vio como algo normal pero no se detuvo a pensar cuando su hija dijo” no se si regresaré”
Durante el trayecto, tuvo una serie de inconvenientes, como robos que las arpías hurtaban las provisiones de Kathia, Davinios y los guerredios y una varias heridas provocadas por los caminos sinuosos que les tocó.
Cuando se estaban acercando a la arboleda, decidieron acampar cerca de la misma, y esperar a ver si Lazaira se encontraba allí y mantener una conversación  sin que las demás ninfas de la arboleda se dieran cuenta. Pocos más de dos horas acampando, vieron a Lazaira y la llamaron, pero no se hizo escuchar. A la mañana siguiente, como acto del destino, Lazaira decidió escaparse por el lugar donde su hermana estaba acampando. Pero Lazaira se atemorizó al escuchar voces y decidió esconderse detrás de un árbol. Cuando Davinios y sus amigos salieron, ella se asusta, pero detrás de ellos salió su hermana a quien reconoció inmediatamente. Salió de su escondite y le dio un gran abrazo a Kathia.
Decidieron alejarse un poco de las ninfas de la arboleda para hablar con mayor tranquilidad sin que nadie tome noción de lo sucedido. Lazaira sorprendida por el momento que estaba pasando, le preguntó a su hermana que hacia en aquel lugar, y Kathia le respondió que iba a buscarla, pero  Lazaira sabía que era imposible regresar al palacio de los dioses, ya que era fea a comparación de las demás ninfas. El objetivo de este viaje para Kathia era de ver a su hermana y buscar la manera de que ella volviese  al palacio de los dioses con ella, pero no se le ocurría nada. Inmediatamente, Davinios se da cuenta de que Lazaira solo es fea en su rostro, pero tenía un cuerpo idéntico a la de su hermana, es decir un cuerpo fascinante como una de las ninfas más bellas. Entonces se le ocurrió una idea de tapar su rostro, ya que con su hermoso cuerpo debía ser aceptada en el palacio de los dioses. Kathia encantada con la idea comenzó a pensar con que se podía cubrir el rostro de la hermana. Se le ocurrió  una máscara de seda  que no sea transparente, con una abertura a la altura de sus ojos color verde. Esa idea era brillante, ya que en el palacio se permitía andar con velos.
Luego de haber realizado nuevamente la travesía de regreso al palacio de los dioses, arribaron a destino. Kathia le dijo a Lazaira que pase desapercibida y que de igual manera,  siempre iba a estar con ella. Igualmente Lazaira convivía con su hermana y con Davinios. Solo salía de allí cuando había banquetes y festines. Pero poco a poco tomo valor y comenzó a transitar por el palacio con mayor frecuencia. Kathia sabía que su hermana tenía una hermosa voz, entonces le preguntó a Lazaira si no se animaba a cantar frente a los dioses cuando hubiera fiestas o para otros fines. Lazaira lo dudó por un instante, pero finalmente lo aceptó.
Lazaira, siempre cubierta por una mascara de seda, demostró su voz ante los dioses y ellos se quedaron sorprendidos. De inmediato quisieron saber quien era la cantante enmascarada. Zeus se dirigió a ella para preguntarle quien se escondía detrás  de esa mascara, pero inteligentemente Lazaira le respondió que no quería revelar quién era la cantante, para darle más intriga y que en las fiestas todos estén atentos en ella para saber el verdadero rostro. Al dios le sedujo la idea y la aceptó.
Durante años, fue llamada como la ninfa enmascarada, mediante su bella voz y su gran talento. Luego de esto, Lazaira pudo vivir con tranquilidad en el palacio de los dioses sin mostrar su rostro. Sin embargo, ella sentía cierta angustia  por no poderse mostrarse como ella realmente era, pero al menos hacía lo que ella le gustaba, estar con su hermana y cantar.
Kathia hizo algo que ni ella lo podía creer, mantuvo el secreto junto a Davinios y los guerredios. Pudo vivir con la felicidad de saber que tuvo un gran marido y la felicidad de estar con su hermana.

lunes, 19 de septiembre de 2011

El gigante de bronce y la bestia (Ezequiel Guerrero, 4to. Et. I)


(De aere et bestiae gigas)
Mientras los persas emprendían un viaje hacia las playas griegas con el fin de asesinar a cualquier griego que se les cruzase en el camino, en el mar descansaba una bestia enorme a la cual le llamaban El Kraken.
Los pocos marinos que lograron sobrevivir al ataque de esta bestia lo describían como un tipo de pulpo o calamar gigante, que emergía de las profundidades del mar atacando barcos y devorando marinos. Todas las personas creían que era un simple mito, hasta que se empezaron a encontrar pedazos de barcos y cuerpos de marineros en las playas.
A pesar de todo, los soldados persas cruzaban el mar con innumerables embarcaciones, claro que cientos eran destruidas en el camino. Una vez que se encontraban en playas griegas se topaban con un gigante que  poseía un  invulnerable cuerpo de bronce, su nombre era Talos, era irrigado por una única vena diminuta que lo recorría desde el cuello al tobillo, donde estaba rematada por un clavo que le impedía desangrarse, siendo su único punto débil. 
Los soldados decían que si Talos sorprendía a algún extranjero, se metía en el fuego hasta calentarse al rojo vivo y abrazaba entonces a sus víctimas hasta abrasarlas. Los persas desembarcaban en las playas con la mitad de su ejército, debido a que la otra parte la perdían en el camino. Estos venían a conquistar las tierras griegas pero debían derribar al enorme Talos.
            Para librarse del enorme Talos, los persas decidieron acudir a una poderosa hechicera que creando pócimas enloqueció al gigante, haciéndole creer que era inmortal y convenciéndolo que si le quitaba el clavo que poseía en su tobillo no le pasaría absolutamente nada; para que este lo escuche la poderosa hechicera lo hipnotizaba desde un templo que se encontraba en la ciudad persa. Una vez que lo hipnotizó e hizo que se sacase el clavo, el poderoso y enorme Talos se desangró en las playas de los griegos; sin embargo, era demasiado tarde debido a que los persas habían sido, en gran parte, asesinados en manos de los griegos y por Talos.




Un gnomo y un borracho (Sebastián Trombino, 4to. Et. I)


En un bosque grande, alejado de la ciudad se encontraba el gnomo Carlos, el cual era petiso, narigón y un poco feo; sin embargo, Carlos no era un gnomo como los demás, sino distinto, ya que era un poco vago pero inteligente y también tenía muy buen humor.
   Una noche, cuando toda la familia dormía, Carlos decidió llevarse todo el oro de la familia para poder conocer la ciudad, que siempre había querido conocer. Caminó toda la madrugada, hasta que en la ruta se cruzó inesperadamente con Juan, quien estaba ebrio. Él, un poco sorprendido por ver a un gnomo en medio de la ruta, le preguntó cómo se llamaba, a lo cual el gnomo le contestó y le preguntó si lo podía llevar a la ciudad. Juan accedió amablemente.
   En la tarde, cuando se despertó Juan, vio al gnomo y se asustó. Él le dijo-¿Quién sos? ¿De dónde saliste? ¿Cómo llegaste a mi casa?. Y el gnomo le contestó: -Soy Carlos, nos conocimos en la ruta cuando te pedí si me podías llevar a la ciudad y vos aceptaste-. Juan, sorprendido, no podía creer que había un gnomo en su casa, pensaba que todo era un sueño.   Luego de una larga charla, Juan decidió que se podía quedar en su casa, pero solo por una semana y también le prometió que lo iba a llevar a conocer la ciudad.
   A la noche siguiente Juan decidió llevar a Carlos a un bar; le dio ropa nueva para que no reconocieran su identidad: esa noche tocaba una banda de rock. Juan le pidió al mozo dos whiskies y una botella de vino. Carlos, sorprendido al ver todo lo que  había pedido, dijo:-¿por qué pediste una botella de vino?- Ante lo que Juan respondió: -Es para ahogar las penas-.
Carlos se tomó su whisky y su empezó a nublarse, pero se quedó escuchando atentamente a la hermosa cantante. Juan, ya un poco ebrio, se  acercó hasta la cantante y la invitó a tomar un trago, a lo que la cantante accedió, luego de aceptar el trago.
Juan se quedó hablando con la cantante intentando seducirla y luego de un rato, decidió presentarle a Carlos; en ese momento notó que el gnomo ya no estaba. Al no verlo,comenzó a buscarlo: primero, en el baño, pero no estaba. Empezó a preguntarle a la gente si habían visto a una persona de estatura pequeña, a lo que respondían que no; excepto por una mujer que le dijo que lo había visto del bar
Juan le agradeció y se fue a tratar de encontrarlo.Ya en la calle, empezó a preguntarle a la gente si habían visto a un hombre pequeño; la gente le respondía que no y hasta algunos lo esquivaban. Ya desesperado, recordó que en una charla Carlos le había confesado que quería conocer el casino, por lo que Juan se dirigió directamente hacia allí; y ahí lo encontró, rodeado de chicas lindas y de gente, apostando el oro de su familia en la ruleta. Se acercó y le preguntó qué estaba haciendo allí:
 – Estoy apostando, ¿o no ves?- respondió Carlos, riéndose. –Ya llevo ganado mucho dinero, creo que estoy de racha- continuó. Carlos. Juan le dijo: -Ya basta, dejá de apostar, porque te vas a ir sin nada-
 -Espera en un rato y dejo de apostar – respondió. Carlos. En veinte minutos, ya había conseguido el doble de lo que había llevado.
 – ¡Vámonos ahora! , antes de que nos vengan a sacar-dijo Juan. Carlos vio de lejos que se acercaban los oficiales de seguridad. Agarró la plata y empezaron a caminar rápidamente hasta la salida.Una vez afuera, Juan le preguntó cuánta plata había ganado: Carlos le dijo:
 – Aproximadamente,  un millón de dólares-. Le dijo también que ya extrañaba su hogar y que quería volver. Juan, sorprendido por la plata que había ganado, le dijo que al día siguiente lo llevaría hacia el bosque.
   A la mañana siguiente Carlos, con un poco de dolor de cabeza, le pidió a Juan si lo podía llevar a dar una última vuelta a la ciudad y después, al bosque.
   Una vez en el bosque  Carlos se despidió de Juan y le dio una parte de lo que había ganado:
-Tomá, esto es para vos. Gracias por mostrarme la ciudad-.dijo Carlos
 -De nada, fue muy divertida la noche de ayer-respondió Juan.
–Hasta pronto- le dijo Carlos y Juan respondió:
 –Hasta luego.
 Juan se subió al auto y se marchó mirando cómo Carlos empezaba a caminar hacia su hogar.

Arpilight (Sebastián Muratore, 4to. Et. III)


Como en todos los festines, las velas alumbraban todo el salón principal con finos rayos de luz dorada, alfombrado con terciopelo rojo, las paredes mostraban excelentes cuadros de la época, la larga mesa de madera de roble repleta de todo tipo de comida descansaba bajo la gran araña que se encargaba de brindar la principal iluminación a la sala y las personas caminaban de aquí para allá con copetines en la mano y copas del más fino champagne de la zona. Por la ventana se podía ver claramente la ladera de la montaña más cercana, con un cielo azul oscuro como un pañuelo de seda salpicado con infinidad de puntos de brillantina plateada.
En el centro de la mesa se libraba una discusión algo desinteresada sobre la existencia de las arpías,  esas aves con cara de doncella y garras encorvadas que bajaban de las montañas a devorar la comida de los festines, chillando y destruyendo todo lo que se interpusiese en su camino.
Cuando la discusión estaba terminando un zumbido proveniente de la ventana comenzó a inundar el salón. Las personas, por naturaleza, miraron hacia la fuente del sonido, sin encontrar respuesta alguna, a pesar de que el sonido aumentaba con el paso del tiempo y se volvía cada vez más agudo. A los pocos minutos se comenzó a ver por las ventanas figuras envueltas de tierra provocado por su descenso por la ladera. Poco a poco el murmullo comenzó a crecer y sin mucha explicación todos entendieron que para evitar ser devorados por los seres mitológicos debían esconderse en el salón contiguo.
Cuando la última persona acababa de entrar a la sala contigua el primer vidrio se rompió y los chillidos se volvieron insoportables y  cuatro horribles figuras, con hermosas caras y afiladas garras irrumpieron en el salón, buscando saciar su hambre. A pesar de que nadie se atrevía a mirar, al cabo de unos minutos, el ruido provocado por las mesas que caían, las arpías buscando comida, y los platos rotos comenzó a cesar y lo único que perduró fueron los chillidos
La sorpresa para el primer hombre que miró lo que sucedía fue tal que tuvo que refregarse los ojos varias veces para creerles lo que les mostraban. Dos arpías sentadas en dos cómodas butacas al lado de la chimenea hablando, con una copa cada una y mirando con aire acusador a las dos restantes, situadas en medio del salón y ambas agarrando el mismo objeto con las manos, cada una haciendo fuerza hacia sí para quedárselo.
Los siguientes veinte minutos no fueron muy distintos. Sin embargo a los treinta minutos la situación había dado un cambio brusco. Todos los que estaban hasta hace unos pocos minutos observando desde un rincón estaban ahora en el gran salón, conversando con las arpías sentadas, comiendo del piso lo que no estaba destruido y observando también la lucha que se seguía librando en medio del salón.
Finalmente, tras haberse acabado dos botellas del mejor vino de la casa y habiendo tocado el piano, Elizabeth y Esmeralda, no vale la pena aclara quienes son, decidieron que era hora de marcharse. Para ello se acercaron sigilosamente a sus dos compañeras que seguían en combate y luego de una gran lucha entre las cuatro, lograron separarlas.  Acto seguido, los humanos se acercaron a la comunidad mitológica para enterarse de lo sucedido. Luego de unos segundos de silencio la más fea de todas comenzó a chillar nuevamente:“ Las promesas no se rompen”, exclamaba en un tono casi inaudible y totalmente dañino para los oídos humanos, mientras señalaba con un horrible dedo a su rival de combate. Esta, por su parte movía su cabeza negativamente y chillaba también para defenderse. La diferencia entre ambos chillidos es que el segundo se veía ahogado por lagrimas y lamentos, por lo que se distinguía muy pocas palabras del contenido, tales como “ perdón, tentación, chocolate, debilidad.” Ante el segundo monólogo, el turno fue de la primera, que dejó en claro el tema de discusión al responder chillando “ Debes saber controlarte para adelgazar, mírame a mí, lo hago hace seis meses y he bajado tres kilos”.
Ya estaba claro cual había sido el combustible que encendió la llama, por lo que la gente comenzó a unirse a la conversación. Ésta comenzó a opinar y a explicar sus mejores métodos de adelgazamiento y disminución de masa lípida, aunque no era bien sabido si serían los mismos los resultados al tratarse de dos fisiologías diferentes. Aun así, normales y anormales coincidieron en que ejercicio físico todos los días era indispensable para lograr el objetivo.
Esta conclusión dio paso a los últimos diez minutos de charla. Las arpías se disculparon por los destrozos, ya que el piso estaba ahora bañado de cristales de todos los colores, comidas que pegoteaban las suelas de los zapatos y unas cuantas astillas de maderas. Luego de esto se despidieron de los humanos y emprendieron su viaje ascendente por la ladera de la montaña, dejando a los de nuestra especie con poca comida y muy impresionados.

Orgullo brownie (Hugo Gómez, 4to. Et. III)


Hace mucho tiempo, durante la noche, una casa de una familia tradicional escocesa era visitada por los brownies, una especie de duendes que se dedicaban a realizar una diversa cantidad de tareas hogareñas, tales como limpieza de las habitaciones, baños, etc.
A la mañana siguiente cuando la familia despertaba veía con asombro que toda la casa estaba prolija y muy ordenada. Realmente los escoceses estaban contentos con la presencia de esas especiales criaturas, por ello comenzaron a dejarles unos presentes para recompensar su trabajo.
Cuando los brownies regresaban a la casa por la noche y encontraban sus respectivos regalos, continuaban realizando las tareas en forma más grata y eficiente, tomando esos presentes como un agradecimiento de parte de la familia a la que ayudaba a realizar determinados quehaceres domésticos.
Después de un tiempo, la familia empezó a dejarles presentes en forma proporcional al trabajo realizado, entendiendo que de esa manera estaban recompensando a los brownies, como si fuera una paga por las tareas, desconociendo que esta actitud iba a molestar a sus colaboradores.
Los brownies se enojaron con la familia dado que eran benefactores, pero a su vez muy orgullosos, y cuando entendieron que lo que se les daba era una especie de salario o remuneración en función de las tareas realizadas se disgustaron y no quisieron trabajar nunca más para esa familia, porque de acuerdo con su forma de ser, no querían ser esclavos de nadie y desaparecieron repentinamente sin dejar rastros.
La familia, con la partida de los brownies, se quedó muy triste y perturbada, pero como los extrañaban mucho quisieron hacer algo para homenajearlos. Las mujeres de la casa prepararon una masa dulce de chocolate color marrón, semejante a los brownies cortada en pedacitos chicos y chatos, que decidieron bautizar como ellos, “brownies”.

Alma gemela (J. Nicolas Ruiz Armella, 4to. El. II)


No hay otra manera. En el fondo, todos nosotros nutrimos la fantasía de que en algún lugar de este pequeño planeta alguien está esperándonos, mirando hacia el mismo cielo y, sin saber que existimos, pensando en nosotros...
Nuestra alma gemela. El pedazo de mí. ¿Quién es esa persona que debería completarnos? Y por qué, a pesar de nuestros esfuerzos, parece siempre resistirse. Siempre un poco adelante, más lejos y más lejos... siempre tan distante de mí. Día y noche pensando en esa persona, sintiendo soledad y vacío en mí, al haber pasado tanto tiempo sin encontrarla; lo único que podía hacer para poder continuar mis días era ocupar mis tiempos libres aprovechando el atardecer caminando por la playa…

Pero un día por la tarde me crucé a una mujer, nos miramos fijamente y sentí, que en ese momento, los segundos pasaban más lentos. Le sonreí, ella me respondió de la misma manera; entonces me acerqué y comenzamos a hablar. Esa tarde fue sin duda una de las mejores que pasé en mi vida. No dejé de sonreír hasta días después. Obviamente seguimos en contacto –no voy a dejar ir esa mujer, cuando empezábamos a llevarnos bien-.
Desde ese día no nos separamos más, compartíamos  todos los momentos de nuestras vidas, ayudándonos en los problemas de cada uno y adentrándonos cada vez mas, convirtiéndose en algo más pasional.
Ya pasaron dos años desde aquel día que nos cruzamos en la playa y después de pensar cómo pedirle ser algo más que amigos, lo mejor que se me ocurrió fue acercarme a su casa y sorprenderla con un ramo de rosas rojas y un par de alianzas.
 Era un momento de puros nervios y tanto sentimiento por esa mujer, que en el momento en que abrió la puerta, me quede petrificado, sin poder reaccionar. Ella, en silencio y sonriendo al verme con ese ramo de flores, me tomó de la mano y me hizo entrar. A ella le gustó tanto ese momento, que sonreía y lloraba de la emoción; entonces me abrazó y luego me llevó al comedor, donde le explique por qué había ido -con el ramo y sin avisar- a su casa de esa forma inesperada.
Cuando llegó el momento de pedirle que se comprometiera conmigo, esperaba un “¡Sí!” rotundo, pero lo que recibí fue un “No sé, quiero pensarlo…” ante lo cual no supe cómo reaccionar con tanta confusión, ilusionado en que iba a salir todo favorable en el amor.
 Queriendo despedirme de ella, pensando que había sido todo un fracaso y ya dándole la espalda a pasos de la puerta, me frenó tomándome del brazo y girándome me besó, y después me dijo: “Sí, quiero. Quiero pasar el resto de mi vida con la persona que me acompañó en las buenas y en las malas, que sé que seré feliz día a día con él, que podré contar con su ayuda en todo… Sí, quiero.”

De esta forma, mostrando los sentimientos de uno hacia otra persona. Una manera simple de cómo uno puede pensar su futuro con su alma gemela y sentir con muchas ganas de que se acerque pronto el momento y no seguir esperando esa felicidad tan querida.

domingo, 18 de septiembre de 2011

El peor enemigo del general (Marcelo Manzano, 5to. Cp. I)


Egipto, año 30 A.C.

En plena conquista de Roma sobre Egipto, Cleopatiro, un sacerdote muy allegado a Cleopatra y Marco Antonio, tenía 15 discípulos, entre quienes se contaba Cayoco, un joven aprendiz muy interesado por la religión de su pueblo. Este joven tenía tan solo 19 años. Además de estar muy interesado por la religión, era también muy aguerrido y estaba dispuesto a correr cualquier riesgo por defender a su querido pueblo.
En esos tiempos, se decía que el primer soldado enemigo que realmente le hiciera daño a Egipto, estaría condenado a una lucha con la esfinge, el demonio con cuerpo de león, cabeza de mujer y alas de ave: era una muerte casi segura para el enemigo.
 El primer enemigo en llegar al pueblo fue el general Joseph, junto a su ejército de cinco mil hombres que ingreso a la gran ciudad. Esa misma noche, el sacerdote lo envió a Cayoco para acompañar a los militares egipcios en la dura batalla; dura, violenta e interminable batalla que transcurrió durante tres días. Entretanto, los romanos habían ocupado gran parte de la ciudad y tenían prácticamente acorralados a los egipcios.
En el segundo día, Cayoco quiso desafiar al general Joseph; aquel sabía que aunque  Joseph muriera en la pelea, estaría destinado a la batalla contra                    la esfinge. Por esto, el sacerdote Cleopatiro estuvo de acuerdo con la decisión de su joven discípulo.
Comenzó la batalla: Joseph estaba muy seguro de ganar la pelea y fue mas fácil de lo que  pensaba; luego de cinco golpes certeros pudo matar a Cayoco rápidamente, pero lo que el gran general romano no sabía era que  su nuevo destino, el próximo, era la batalla contra la esfinge.
Luego del cuarto día, Joseph se despertó en el medio del desierto, solo con una espada en su mano izquierda. En frente suyo se encontraba el demonio, la esfinge. En el momento en que el general pudo ver a este demonio, tomó su espada con las dos manos, corrió hacia la esfinge y le clavó la espada en una pata.
 El demonio dio un grito tremendo, como si los rayos cayeran del cielo, pero no fue derribada. El general le sacó la espada de la pata; a pesar de que se movía alrededor del demonio con mucha agilidad, las heridas que le causaba a la esfinge no parecían hacerle daño y, luego de que el general se cansara por tan dura batalla, la esfinge le pegó con la pata y el gran general romano voló unos diez metros. Minutos más tarde, el demonio se acercó hasta el general que estaba en el piso, con todos los huesos rotos, y le clavó nuevamente su espada, pero esta vez en el medio del pecho.
De esta forma los soldados al enterarse de la violenta muerte del general, huyeron inmediatamente de la ciudad y la dejaron abandonada por algunos meses, hasta que volvieron con un ejército mucho más grande que cinco mil hombres y de esta forma conquistaron  a Egipto.